Bautismo del Espíritu

Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos. Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen. Hechos 2: 1-4.

Uno de los principios de fe y práctica cristiana presente en el evangelicalismo moderno, más específicamente en su rama pentecostal y carismática, es el bautismo del Espíritu Santo mediante el cual se recibe una suerte de regalos o dones para edificación personal y de la Iglesia. De hecho, para el cristianismo católico y para las vertientes protestantes históricas no hay una división entre el bautismo de agua y el de Espíritu, pues consideran que en el bautismo en agua se recibe junto con la gracia al Espíritu y sus dones.

Ahora bien, la proclamación del bautismo del Espíritu como un acto común y necesario dentro de una comunidad cristiana tiene por fundamento el relato que Lucas hace en Hechos de los apóstoles sobre el día de pentecostés. De acuerdo a Lucas, el Espíritu descendió sobre los apóstoles y esto hizo que ellos comenzaran a hablar en lenguas extrañas. Este evento fue para muchos el inicio de la Glosolalia: la práctica de hablar en lenguas ininteligibles, aun cuando Lucas deja claro que el don que le había sido concedido a los apóstoles fue el de hablar lenguas de otras naciones:

Moraban entonces en Jerusalén judíos, varones piadosos, de todas las naciones bajo el cielo. Y hecho este estruendo, se juntó la multitud; y estaban confusos, porque cada uno les oía hablar en su propia lengua. Y estaban atónitos y maravillados, diciendo: Mirad, ¿no son galileos todos estos que hablan? ¿Cómo, pues, les oímos nosotros hablar cada uno en nuestra lengua en la que hemos nacido? Partos, medos, elamitas, y los que habitamos en Mesopotamia, en Judea, en Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia y Panfilia, en Egipto y en las regiones de África más allá de Cirene, y romanos aquí residentes, tanto judíos como prosélitos, cretenses y árabes, les oímos hablar en nuestras lenguas las maravillas de Dios. (Hechos 2: 5-11)

En las cartas paulinas volvemos a encontrar referencias a diversas manifestaciones del bautismo espiritual, donde podemos ver cómo el don de lenguas, proveniente del bautismo del Espíritu que se narra en Hechos, en la práctica había derivado en el uso de la glosolalia. Es en la primera epístola a los Corintios donde Pablo señala que, a diferencia de otros dones que edifican a toda la comunidad religiosa, el hablar en lenguas extrañas solo edifica a quien las habla, a menos que haya quien las interprete. Su exhortación es entonces a que se abstengan de usar la glosolalia en las iglesias, pues él mismo afirma: “prefiero decir cinco palabras que se entiendan e instruyan a los demás, que diez mil palabras en un idioma que nadie sabe” (1 de Corintios 14:19).

Según el historiador John Thomas, la crítica de Pablo hizo que la glosolalia se mantuviera a raya entre el periodo post-apostólico y el de los Padres de la Iglesia, y en su lugar fueran privilegiadas las prácticas edificantes que estuvieran dentro de un orden eclesial. Eusebio de Cesarea (263-339), Clemente de Alejandría (150-215/217), Orígenes (185-254), y especialmente Tertuliano (160-220), dan cuenta de que fue hasta el año 156 cuando en Frigia, en Asia Menor, surgió el montanismo, un movimiento con el cual se buscaba revitalizar nociones escatológicas (profecías sobre el fin del mundo) y experiencias pneumáticas (provenientes de o referentes a la acción del Espíritu Santo). Dicho movimiento subsistió hasta el siglo IV, aunque fue ampliamente criticado como un intento de socavar la autoridad divina, ya que cuando los montanistas entraban en estado de trance y recibían las profecías, hablaban en primera persona, como si más que mensajeros ellos mismos fueran la voz de Dios. Por lo demás, sus prácticas eran mal vistas dada la similitud con la de varios grupos paganos.

Durante todo el medioevo no hubo mayores referencias a casos de glosolalia, pero sí de xenoglosía, esto es, casos en los que personajes como Francisco Javier, Antonio de Padua o Hildegarda recibieron el don de hablar idiomas que desconocían, lo cual facilitó su actividad misionera.

En la época post-Reforma surgieron dentro de los movimientos revivalistas grupos que en su mayoría fueron denominados como sectas, los cuales volvieron a introducir prácticas como la profecía, la sanación y el hablar en lenguas. En Alemania, por ejemplo, tal práctica fue introducida por los anabaptistas radicales del siglo XVI, y en Francia por un grupo de protestantes hugonotes, conocidos como los camisards. Dentro de la Iglesia católica surgieron grupos como los jansenistas, que fueron principalmente criticados por los jesuitas debido a su fuerte influencia calvinista. En 1653 el papa Inocencio X terminó por condenarlos como herejía; esto ocasionó su fragmentación, la cual en el siglo XVIII dio lugar a una pequeña facción jansenista en la que se experimentaba frenesís religiosos que, como narra Brian Strayer, se manifestaban en violentas y eróticas convulsiones. También en el siglo XVIII, en Escocia e Inglaterra surgieron los irvingitas, quienes sostenían que los dones del Espíritu, tales como las lenguas, las curaciones, las profecías y hasta resurrecciones, preparaban a la Iglesia para la segunda venida de Cristo.

Dichas prácticas llegaron hasta las colonias del nuevo mundo, dando lugar a grupos como los tembladores, quienes se caracterizaron por sus discursos mileniaristas (sobre el fin del mundo), por su rigorismo moral, especialmente en temas sexuales, y por sus bailes, cantos, gritos y temblores que ocurrían dentro de sus ceremonias religiosas. Finalmente, terminando el siglo XIX, surgió entre los metodistas el movimiento de la santidad, el cual muchos historiadores consideran como el antecesor inmediato de los pentecostales.

El pentecostalismo, como hoy lo conocemos, inició en 1901, cuando en Topeca, Kansas, Charles Fox Parham, fundador de Bethel College, dijo haber recibido el don de lenguas. A partir de entonces en su institución empezaron a abundar las predicaciones y los testimonios de quienes afirmaban haber sido llenos del Espíritu Santo. El pentecostalismo creció tan rápidamente que en 1905 ya eran más de veinticinco mil los asistentes a los eventos organizados por Parham. Un año después, William J. Seymor, fundaría sobre la calle Azusa, en California, la primera Iglesia pentecostal: The Apostolic Faith Gospel Mission.

Aunque, como afirma John Thomas, el propósito de Parham y Seymor no era fundar una nueva denominación, sino impregnar al cristianismo de las prácticas carismáticas, el rechazo al que fueron sometidos los obligó a instituir sus propias iglesias. Y es que las objeciones a su surgimiento y crecimiento fueron varias. Por un lado, sus prácticas, tenidas por excéntricas, fueron motivo de burla y en algunos casos fueron calificadas como dementes y hasta demoniacas. El sector más academicista de las Iglesias históricas rechazó el hecho de que quienes proclamaban ser bautizados por el Espíritu se rehusaran a ser instruidos intelectualmente, pues esto hacia que los líderes de sus congregaciones no fueran personas preparadas, sino personas que aducían haber recibido un llamado por parte de Dios. Incluso médicos denunciaron la desconfianza que algunos pentecostales promovían en la medicina y su preferencia por las curaciones milagrosas.

Pese a que muchas de las Iglesias protestantes históricas encontraron poco ortodoxas las prácticas de las Iglesias pentecostales, fueron estas mismas prácticas las que para muchos han resultado cautivadoras. Especialmente en países latinoamericanos, particularidades como la alegre música, la danza, la profecía, la posesión del Espíritu que llega con un soplo o con un toque que el pastor hace en la frente del creyente y que causa que este caiga desmayado o que hable lenguas angelicales, entre otras cosas, han sido las causantes del gran éxito de los pentecostales en estas regiones. La enorme cantidad de Iglesias pentecostales y de adeptos a ellas le han ido otorgando un estatus cada vez más formal, convirtiendo al pentecostalismo en una de las ramas más fuertes del cristianismo moderno; en algunos países incluso se ha consolidado como la fuerza cristiana más grande después de la Iglesia católica, lo que ha hecho que su opinión y acción se vuelvan relevantes en temas sociales y políticos.

Como es posible ver, la historia se ha inclinado por juzgar y criticar tales experiencias y realidades provenientes de una posesión o llenura del Espíritu, denominando a los grupos practicantes de dichas experiencias como sectas o herejías. En defensa de estos podría alegarse que su enfoque en el bautismo del Espíritu y sus atractivos dones innegablemente han contribuido al crecimiento cuantitativo del cristianismo, que en épocas como la primera y segunda guerra mundial dieron un aire de esperanza y que, gracias a su convicción en el predominio del llamado sobre la preparación intelectual, también fueron de los primeros en acoger y en permitir el liderazgo eclesial a mujeres, a pobres y a personas afrodescendientes. Pero su mayor justificación, como el pentecostalismo mismo señala, está en las Escrituras, en ese famoso pasaje de Hechos y en el capítulo 12 de la primera epístola a los corintios.

Y sí, es en la Biblia donde encontramos que el bautismo del Espíritu tuvo lugar, y en efecto es Pablo ─el fundador oficial del cristianismo como institución─ quien afirma que todos los dones vienen del mismo Espíritu y que es este quien decide qué don le da a cada quien. Pero también es en la Biblia y es el mismo Pablo quien tan solo un capítulo más adelante, en la misma carta a los corintios, afirma que, si tenemos cualquiera de los dones, pero no tenemos amor, nada somos (1 Cor.13: 1-3). De manera que es bueno anhelar los dones, pero sobre todo fomentar el amor (1 Cor.14:1). En este sentido, aconseja Pablo, son más importantes aquellos dones que ayudan y edifican a otros.

Lastimosamente, la historia nos muestra que en la mayoría de casos el uso popularizado y desmedido de tales dones ha sido un motivo de escándalo y de divisiones dentro del cristianismo. También, que, aunque Pablo haya hecho énfasis en que hay diferentes dones y que cada uno es importante dentro del gran cuerpo que es la Iglesia, la repartición de los mismos en muchos casos ha generado una especie de jerarquía espiritual, donde los más santos y perfectos son los dotados con los mayores y mejores dones. En otros escenarios, la práctica de dones como el de profecía ha permitido que muchos satisfagan intereses personales en nombre de Dios. La lista continúa. Y si la historia no sirve como un llamado de atención y para la corta tradición restauracionista lo importante son solo las Escrituras, entonces tendría también que prestarse mayor atención al discurso completo de Pablo, con el cual advertía lo que ahora la historia muestra como una realidad, que los dones sin amor nada son

Bautismo en agua
La cena del Señor
Fernanda Rojas

Acerca de Fernanda Rojas

Doctora en Filosofía.

Ver todas las entradas de Fernanda Rojas →

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *