¿Deconstrucción o restauración?

A la hora de describir mi viaje de los últimos doce años repensando el cristianismo, he usado un par de metáforas. A una la llamo “El final del recorrido”. La primera vez que usé esta metáfora fue hace seis años en una charla al personal de Charisma Publishing. Después escribí una página de opinión sobre esta metáfora que fue publicada en la revista Charisma en mayo de 2010. En ella introduje la metáfora así:

 

“Me recuerda a las veces que he estado en París y he viajado por la ciudad en el metro. Si quiero viajar desde Notre Dame a Montmartre no puedo hacerlo en un mismo tren. En un punto dado tengo que desembarcar, buscar el andén correcto y subir a otro tren. Si es algo que nunca has hecho puede ser confuso. Esta puede ser una analogía profética de la confusión que sienten los evangélicos en la primera parte del siglo XXI. Hemos llegado a un final de recorrido. Necesitamos encontrar otro andén. Tenemos que subir a un nuevo tren. Y no estamos muy seguros de cuál es. Pero sí podemos estar bastante seguros de esto: el tren en el que hemos estado no llevará al cristianismo al siglo XXI de forma desafiante y cautivadora, sin importar el entusiasmo con el que cantemos ‘danos esa antigua religión’ mientras seguimos sentados en un tren sin movimiento. ¿Qué es ese tren atascado en la estación? Creo que podría resumirse como ‘el cristianismo caracterizado por la protesta’. Necesitamos afrontar la realidad de que el tren de la protesta ha llegado al final del recorrido».

 

La otra metáfora es “Agua en Vino”, una metáfora que introduje en una autobiografía publicada este año.

 

El diluido cristianismo consumista se transforma en el delicioso vino de un robusto cristianismo.

 

Me gustan estas metáforas.

 

Lo cual me lleva a una nueva forma de hablar sobre repensar el cristianismo que no me gusta y a mi sugerencia de una tercera metáfora.

 

En mis viajes y conversaciones veo cada vez más cristianos pasando por lo que se suele llamar “deconstrucción”. Son creyentes en proceso de desprenderse de los elementos externos de su fe: cultura, mito y dogmas tóxicos. Siento empatía con esta tarea. Es un trabajo necesario para muchos (aunque no para todos) de los que buscan retener la fe cristiana en una cultura cada vez más poscristiana.

 

Pero, aunque simpatizo con la necesidad de repensar la fe cristiana, no me gusta el lenguaje de la deconstrucción. La deconstrucción es demasiado negativa, demasiado violenta, demasiado cínica. Tiene la tendencia de llevar a la irreverencia de la iconoclasia. Es como el joven cristiano que tras escapar del sofocante mundo fundamentalista cerrado, ahora solo quiere quemarlo todo. Esta reacción, aunque comprensible, en última instancia no es sabia ni útil.

 

Para el cristiano, la deconstrucción no es un fin en sí mismo; la deconstrucción sola no es un objetivo. No podemos deconstruir indefinidamente. Si lo único que hacemos es deconstruir la fe, al final no quedará nada, solo los escombros descartados de los implacables golpes de un mazo. El objetivo de reevaluar el cristianismo es la fe auténtica, no la incredulidad cínica.

 

Permíteme proponer una forma mejor de hablar sobre el proceso de repensar la fe cristiana, una metáfora más saludable. En lugar de la negativa metáfora de la deconstrucción (y la deconstrucción es una metáfora), prefiero la metáfora positiva de la restauración de arte.

 

Piensa en un antiguo icono de Cristo.

 

Imagina, por ejemplo, que un Cristo Pantocrátor de mil años, pintado en un panel de madera, es descubierto en algún monasterio olvidado. La imagen de Cristo está ahí, pero está cubierta con una gruesa pátina de suciedad, polvo y hollín que se han acumulado durante siglos y que han oscurecido la imagen. Ahora imagina que se le da a un artista restaurador la tarea de devolver el icono a su belleza y esplendor original. Piensa en cómo lleva a cabo su trabajo de restaurador. Entre sus herramientas de restauración no encontraremos explosivos. ¡No se puede restaurar arte con dinamita!

 

Es cierto que la fe en Jesucristo se ha distorsionado a lo largo de los siglos con capas de barniz, laca, polvo y suciedad. La hermosa imagen de Cristo ha sido ocultada por la imposición de supuestos culturales, intereses políticos, doctrinas distorsionadas y la influencia corruptora del imperio. El fundamentalismo, el literalismo, el nacionalismo y el consumismo han creado capas de barniz que distorsionan la preciosa imagen de Cristo.

 

Pero en el proceso de eliminar estos contaminantes y recuperar la belleza de Cristo, no podemos emplear metodologías cínicas y violentas. Si lo hacemos, corremos el riesgo de destruir un tesoro invaluable en el proceso. Debemos ser pacientes y reverentes. Si solo queremos deconstruir y destruir la fe cristiana, podemos empuñar el martillo del enojo; pero si quieres restaurar la fe cristiana, se necesitan la fe y la delicadeza de la sabiduría.

 

En nuestra pasión por rescatar la fe cristiana de su miríada de distorsiones, no seamos como los talibanes que hicieron explotar los Budas de Bāmiyān, sino como los artistas que restauraron la vandalizada Pietá de Miguel Ángel.

 

A la hora de repensar el cristianismo debemos tener siempre en mente que estamos manipulando algo altamente preciado: la fe en Cristo. Precisamente porque la fe en Cristo es tan valiosa es que estamos comprometidos con la difícil tarea de restaurarla a su belleza original. Pero en esta delicada tarea no podemos emplear el cinismo barato y la burla vulgar. La llevamos a cabo con paciencia, reverencia, delicadeza, mostrando siempre un profundo respeto por la Gran Tradición que ha sustentado a la fe y la práctica cristiana durante dos mil años.

 

Es por eso que siempre insisto en que soy profundamente conservador. En lo que al cristianismo se refiere, soy mucho más conservador que progresista o liberal. Mi forma de sustentar el cristianismo en una era de secularismo es arraigándome en la rica tierra de la Gran Tradición. Hacer énfasis en el sacramento y la liturgia, el credo y el calendario, y en una iglesia libre de constantinismo, es una posición verdaderamente conservadora. El fundamentalismo moderno no es conservador, es tan solo una forma reaccionaria al empiricalismo liberal. El fundamentalismo es otra forma de deconstrucción. El fundamentalismo es al cristianismo lo que calcar es al arte.

 

No necesitamos deconstruir la fe cristiana, necesitamos restaurar la fe cristiana. Lo hacemos mediante la oración. Lo hacemos con paciencia. Lo hacemos con reverencia. Lo hacemos con guantes de niños y con bastoncillos de algodón, no con dinamita ni con mazos. Lo hacemos con nuestros santos y eruditos más sabios, no con Nietzsche ni Derrida.

 

Mi viaje de redescubrimiento de la belleza de Cristo fue en su mayor parte un viaje que hice en oración. Es cierto que leí mucha buena teología, pero esto solo cambió mi mente. Mi corazón cambió cuando aprendí a sentarme con Jesús en oración contemplativa.

 

No deconstruyas… ora. Siéntate con Jesús. Observa su belleza. Mira la hermosa imagen de Cristo que subyace debajo de la pátina de distorsión. Fija tus ojos en Jesús. Luego retira el barniz falso con tus lágrimas de gratitud. Esto es restauración, no deconstrucción. Esto es lo que salvará tu fe.

 

Fuente original:

http://brianzahnd.com/2016/04/deconstruction-or-restoration/#more-5557

Armagedón
El libro de Apocalipsis
Brian Zahnd

Acerca de Brian Zahnd

Fundador y Pastor de Word of Life Church

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